La historia del Mojo Marciano
 

Marte está rutilante estos días, el estrecho ángulo al que lo ha llevado su órbita nos lo enfrenta al sol y aparece este mes dominando el diáfano firmamento nocturno y brilla compitiendo en fulgor con la luna de agosto. El dios de la guerra está dando guerra como dios.

Y uno, en su pandoriana humildad de mortal, decide aplicarse a una ofrenda que agrade a la deidad, no tanto por un trasnochadísimo sentimiento mitocrático sino por imponerme algún ejercicio creativo aprovechando que la araña que anida en mi mortero se ha ido un rato a la playa con sus niños.

Determinado pues a que el alimento represente el espíritu del mítico planeta, lo imagino rojo, fuerte, fogoso, brillante, intenso y, por supuesto, seductor. No en vano fuese Ares -su homotipo Griego- el primer inquilino olímpico que logró seducir a Venus-Afrodita con aprovechamiento carnal. 

Dispuesto pues a asacar la intensa salsa seleccioné seis pimientas palmeras "dulces" (una variedad de pimiento rojo y pequeño *ver nota) y las llevé de una en una al fuego directo hasta casi carbonizar su piel, para mejor desnudar luego la carne pecaminosa bajo el grifo lenitivo.

Parece ser que a Afrodita, que era una hembra divina, la casaron con el vejestorio cojitranco de Hefesto alias Vulcano (no, no el orejudo de la nave Enterprise sino el herrero de los dioses a la sazón) y a la buena señora se le abrían las carnes de pasión insatisfecha ante la ironía de que la diosa del sexo estuviese a palo seco con el herrero (de donde pudiera provenir aquello de que "en casa del herrero..."). Así que el dios de la guerra acudió un día a presencia de Afrodita y allí mismo se despojó de la armadura que le otorgaba su poder, prendándose la diosa a la vista de aquella enorme... mmm ... humildad.

En tanto en cuanto concluía yo con la tarea de desembarazar de su renegrido pericarpio el último pimientillo, la llama agredía ahora los velos exteriores de una cabeza de ajos.

Ay, que los tiempos no sabe uno si adelantan o atrasan, y los alambrillos óhmicos de vitrocerámicas e inducciones -inventos de noratlánticos despreciadores (por desconocedores) del ajo- han restringido la capacidad de asar al fuego directo los ajos, los pimientos, los tomates... ¿con qué harán la escalivada nuestros descendientes? (yo la hago con el grill del horno eléctrico, no queda mala, pero no es lo mismo).

No deja de ser irónico que el propio Hefesto, el ultrajado esposo de la voluptuosa diosa del Amor, preste su fuego a la tarea de mi homenaje a su antagonista. Eso que le debo a Prometeo, raptor de la ígnea herramienta en beneficio de la humanidad (una especie de espionaje industrial al modo homérico).

En una sartén dispuse un dedo de aceite de oliva y, cuando caliente, desperdigué por su superficie un pellizco de olorosas semillas de comino, al punto bajé el fuego y añadí al Dios Marte: dos picantísimas cayenas frescas y rojas desprovistas de sus semillas (en Canarias llamadas "de la Puta Madre"... por ser a esta hipotética progenitora a quien se mienta cuando -inocentemente- se cata tal fruto), y a continuación se les unieron las más dulces carnes jugosas de la poderosa Afrodita simbolizadas aquí por los pimientos palmeros... y dejé que los amantes se deshicieran lentamente al calor...

En efecto, cuentan que los dos dioses se encontraban al abrigo de la noche para saciar sus sentidos con el amor que les abrasaba, pero que en una de éstas la cosa duró tanto que se hizo de día y Febo -Apolo- acertó a pasar por allí con su carro y quedarse con la copla.

Así que al dios Sol, que como buen sarasa era un cotilla, le faltó tiempo para ir a la fragua de Hefesto y avisarle de su cornamental  estado. El ilustre cojo, sintiéndose burlado, decidió escarmentar a los adúlteros y -gracias a su dominio de los materiales- concibió un plan...   En mi mortero despanzurré los ajos asados junto a un poco de sal gruesa y un chorrito de vinagre de Rioja y fuí aleando esta mezcla en espera de la "fritura". Mientras tanto, en su oscura caverna del monte Strómboli, el deforme herrero pergeñaba una red finísima pero enormemente resistente, que luego extendió sobre el lecho donde los promíscuos olímpicos encarnaban su lujuria...  Cuando el oliva era tinto por la roja esencia exudada por los flujos más íntimos de sus componentes, retiré con suavidad los pellejos acartonados de los ajíes canarios y escancié el zumo al mortero donde rematé la faena con una metódica tarea de suave machaqueo hasta fusionar los ingredientes en un eterno abrazo...

Y cuando los fogosos furtivos estaban en lo mejorcito de su sobrehumano encuentro... el   taimado Hefesto alzó la red y capturó a los divinos mancebos dejándolos expuestos en tan embarazosa posición al escarnio del resto del vecindario del monte Olimpo, algunos de los cuales sin embargo, antes que divertirse con la escena, mostraron "indisimulables" envidias ante la rotundez anatómica de la rubia diosa (nótese que Hefesto, amén del fuego y la metalurgia, es el precursor del sex-show). 

Concluida la aplicación -exitosa, por Zeus- de este singular mojo sobre un carnoso solomillo de puerco asado que devino así en ambrosía, partí y repartí el material sobrante entre familiares y amigos... para que también ellos pudieran gozar del espectáculo picante que en sí mismo contenía aquella mitológica, roja y brillante materia.

-----------------------------------------------------------------

Mis agradecimientos más olímpicos:  a Atenea, por revelarnos el olivo y el consecuente aceite.

a Prometeo, por robarle el fuego a Hefesto y traérnoslo a los  contribuyentes.

a Dionisos por tanto buen vino y -de rebote- vinagre. a Gasterea, por la inspiración que da sentido a mi cocina.

a Afrodita, por el amor que da sentido a mi vida.
-----------------------------------------------------------------

* Nota: Puede el lector (si así lo desea) en sustitución usar  pimientos del piquillo, de tamaño similar a las pimientas palmeras, algo más carnosos que éstas pero quizá también más sabrosos.

Un Amigo

Miguel A. Román

© Toni Oliver. Prohibida la reproducción del contenido de esta Web sin la autorización del Autor.